26.12.11


Dimensión Mistagógica del "Libro de la Vida"
de Santa Teresa de Jesús
Una lectura posible
Autor: Aniano Álvarez Suárez, ocd.

Ficha Nº 16
Parte 04 de 04 (última)

Viene de la Ficha Nº 15, continuación...


III.                   La experiencia pospascual teresiana: vivir para

La experiencia pospascual, la podemos encontrar en los capítulos 32-40. Son los capítulos que verifican las obras de la “nueva vida” en Cristo. Se trata de comunicar la respuesta amorosa de las obras hechas en correspondencia al tanto amor recibido del Señor. Podemos afirmar que se trata de las obras del orante. El orante no es una isla, necesita tierra abierta para contagiar del amor que recibe de Dios, el corazón de los demás. El orante no es un egoísta, no es un solitario. El orante, en el pensamiento de Teresa, es el constructor de un cielo nuevo y de una tierra nueva. El orante representa, para Santa Teresa, el otro mundo posible. Y aquí descubrimos la otra línea de la mistagogía teresiana: meter por los ojos al catequizando (lectores) la grandeza y el poder de Dios, la incuestionable fecundidad de la vida del orante abandonado a la voluntad de Dios. Ella lo irá viviendo así, con la conciencia clara de saberse instrumento del Señor.  (Continúa donde dice: "Más información"...)

Santa Teresa entiende la fundación de San José como una alternativa de vida, y que forma parte de las obras del nuevo estado de vida. San José es un ideal de la nueva creatura en Cristo: la de Teresa que quiere darle al Señor no sólo la vida sino también todas las obras de su vida. La materialidad de la casa, aun cuando sea costosa su edificación, no es lo más importante. Significa la envoltura externa de lo verdaderamente importante: la concreción en las personas y en las vidas que viven el ideal del carisma original. San José de Ávila es el grano de mostaza que explica el por qué de la vida del carisma personal de Teresa. Y así lo presenta Teresa, que emprende la fundación, hacia 1560, por inspiración divina (V 32). El pequeño Carmelo de San José fue definido por Teresa “rinconcito de Dios”, “esta bendita casa” (V 35,12; 40,21). “Me dijo [el Señor] que era esta casa paraíso de su deleite” (V 35,12). Y es que su construcción fue fruto de una misión, personalmente concedida a Teresa, por parte del Señor: “Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y que se llamase San José … y que Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor …, que dijese a mi confesor esto que me mandaba … Fueron muchas veces las que el Señor me tornó a hablar en ello … y que era su voluntad, que ya no osé hacer otra cosa sino decirlo a mi confesor, y dile por escrito todo lo que pasaba” (V 32,11-12). Si Teresa funda San José, no lo hace por propia iniciativa; ella es una mandada o una enviada. Será como la patente carismática de Fundadora. Y la vida, que en aquella casa se fragua, es fruto, a su vez, de la comunión carismática de Teresa con sus hijas,  las primeras moradoras, con ella, del pequeño monasterio y pioneras del nuevo Carmelo femenino, iniciado por Teresa[1].

Al historiar su primera fundación (V 32-36) Teresa dice expresamente: “Guardamos la Regla de Nuestra Señora del Carmen, y cumplida esta sin relajación…” (V 36,26). Y así constaba, efectivamente, en la documentación romana que la había facultado para fundar[2]. Teresa es, a la vez, plenamente consciente de que San José no implica rotura sino continuidad respecto del antiguo Carmelo[3].

El P. Tomás Álvarez afirma que del antiguo Carmelo, Teresa retiene y renueva la inspiración mariana y eliánica de la Orden, el amor a la oración y un profundo reclamo a la experiencia de las cosas de Dios en soledad. De la letra y el espíritu de la Regla retiene, asimismo, el temple combativo. De ella retiene también la centralidad de la Eucaristía cotidiana, todo ello reavivado con el espíritu intenso con que Teresa lo vive y lo plasma en sus escritos[4].

Teresa funda San José accionada por impulso interior y con la mira puesta en la gloria de Dios. Para ella, se trata de un servicio doxológico y una pequeña empresa de Iglesia. Poner en marcha un estilo de vida comunitaria[5] y normalizar el rezo litúrgico (V 36,25). Los contenidos vivenciales de su carisma, siguiendo al P. Tomás Álvarez[6], podemos configurarlos en tres categorías: el humanismo, que ella introduce en la vida religiosa: aprecio de la persona, virtudes humanas y sociales, alegría festiva, nivelación de clases, etc.; misticismo, -el aspecto más determinante-, fuerte anhelo de vida teologal y experiencia de Dios, en la oración, sentido esponsal de la vida consagrada, coherencia de lo interior con lo exterior, equilibrio de soledad y comunidad, de silencio y comunicación, de clausura y presencia en la ciudad. etc.; y servicio apostólico, con viva atención a los reclamos y necesidades de la Iglesia y del entorno social.

Todo esto, Teresa lo reinventa en el capítulo 36 del “Libro de la Vida”, al comunicar a sus catecúmenos (lectores) el “nuevo estilo de vida”: cómo viven y cómo quieren vivir. Se trata de algo ya conquistado, a pesar de encontrarse en los inicios. “Comenzando a hacer el oficio” (V 36, 25), “tomáronse más monjas” (V 36,25). Se trata de “almas tan desasidas” (V 36,26), que “su trato es entender cómo irán adelante en el servicio de Dios” (V 36,26). “La soledad es su consuelo” (V 36,26). “No es su lenguaje otro sino hablar de Dios” (V 36,26). Teresa espera que el Señor ha de llevar “muy adelante lo comenzado” (V 36,27), a pesar de “cosa tan ruin y baja como yo” (V 36,29). Todo se lleva “con tanta suavidad” (V 36,29), “que se ve muy bien es tolerable y se puede llevar con descanso” (V 36,29). Vivir siempre y gozar a solas de su esposo Cristo “es siempre lo que han de pretender” (V 36,29). “Gran contento y alegría y poco trabajo que en estos años que ha estamos en esta casa vemos tener todas” (V 36,29). Por eso Teresa afirmará: “paréceme a mí que hará mucho mal y será muy castigada de Dios la que comenzare a relajar la perfección que aquí el Señor ha comenzado y favorecido” (V 36,29). Y, además, concluirá: “Y quien le pareciere áspero, eche la culpa a su falta de espíritu y no a lo que aquí se guarda … y váyanse a otro monasterio, adonde se salvarán conforme a su espíritu” (V 36,29).

a.- El trasfondo que lo explica todo. Teresa, fiel a su pedagogía mistagógica, sabe que San José sería inexplicable sin su experiencia de oración. Pero sabe también que su vida de oración hubiera sido inviable sin la acción misteriosa de Dios en ella y desde ella para la Iglesia.  Así recuerda el valor de la “Palabra de Cristo”: la que Cristo dirige a ella personalmente: “No es poco esto que hago por ti, que una de las cosas es en que mucho me debes; porque todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura con clara verdad; no faltará una tilde de ella … Díjome: ¡Ay, hija, qué pocos me aman, con verdad! que si me amasen, no les encubriría Yo mis secretos. ¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que todo es mentira lo que no es agradable a mí. Con claridad verás esto que ahora no entiendes, en lo que aprovecha a tu alma” (V 40,1). Pero esta “Palabra de Dios” es para Teresa, autopresentación de Cristo, con el famoso “ego sum”: “… No hayas miedo, hija, que Yo soy, y no te desampararé; no temas …” (V 25,18); “Acaecióme otras veces con grandes tribulaciones y murmuraciones … decirme el Señor: ¿De qué temes? ¿No sabes que soy todopoderoso? …” (V 26,2). “… Me apareció el Señor y regaló mucho, y me dijo que hiciese yo estas cosas por amor de Él y lo pasase, que era menester ahora mi vida …” (V 40,20). “Sírveme tú a Mí, y no te metas en eso …” (V 19,9). “Ya eres mía y yo soy tuyo …” (V 39,21). “Mira, hija, qué pierden los que son contra Mí; no dejes de decírselo …” (V 38,3). “Cristo andaría con nosotras, y que sería una estrella que diese de sí gran resplandor…” (V 32,11). “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles …” (V 24,5). “… Yo cumpliré lo que te he prometido…” (V 26,2).

b.- Así recuerda y comparte también los gestos maravillosos de Dios para con ella: la gracia impresionante de la Transverberación (V 29,13)[7], la impresionante visión del infierno (V 32,1-6)[8], la tiernísima visión de la Virgen con el collar y la cruz que le coloca al cuello, mariofanía inigualable (V 33,14-16)[9] y la subida al cielo de la Virgen (V 39,26)[10], la visión de los bienaventurados del cielo, entre los que reconoció a su padre y a su madre (V 38,1; 39,22-23)[11], la visión del Espíritu Santo (V 38,9-11)[12], la experiencia de sentirse dentro “en los pechos del Padre” (V 38,17-18)[13], la visión de almas que se condenan (V 38,24-25)[14] a la que precede la visión del demonio (V 38,23)[15], y la visión de almas que se salvan (V 38,27-31)[16], la constatación de cómo Dios corresponde a sus peticiones (V 39,1-5)[17], la constatación de la particular protección de Cristo en el campo de la vida (V 39, 17-18)[18], y la revelación del misterio de la Santísima Trinidad (V 39,25)[19].

c.- Podría parecer que después de todo lo dicho ya no hubiese más que añadir. Parecería lo más lógico cerrar los ojos y adorar en silencio el misterioso designio de Dios para con Teresa, encarnado en la concreción de lo que ella definió “mi desbaratada vida” (V 40,24) y que nos ha ido presentando a lo largo de los caminos de su vida. Es curioso constatar cómo después de todo este esfuerzo mistagógico teresiano, aún le quedaba a Teresa en el alma una triple lección:

1ª: el descubrimiento de la “divina  Verdad” (V 40,3), “una verdad que es cumplimiento de todas las verdades” (V 40,1), que conlleva el deseo de “no hablar sino cosas muy verdaderas” (V 40,3), porque “entendí qué cosa es andar un alma en verdad delante de la misma Verdad” (V 40,3);

2ª: el encuentro de la maravillosa y clara luz de Cristo, que ahora se le manifiesta como en un espejo tridimensional (V 40,5-6) y que identifica con su alma, en cuyo “centro se me representó Cristo Señor” (V 40,5), “parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro como en un espejo y también este espejo -yo no sé decir cómo- se esculpía todo en el mismo Señor por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa” (V 40,5);

3ª:  la verificación de que Dios es “como un muy claro diamante” (V 40,10). Y este diamante es “muy mayor que todo el mundo” (V 40,10) y que “todo lo que hacemos se ve en este diamante” porque “él encierra todo en sí” ya que “no hay nada que salga fuera de esta grandeza” (V 40,10).

d.- Muy de paso había ido Teresa haciendo referencia a la realidad del misterio de la Iglesia. Pero ahora siente la necesidad de explicitar su amor a la Iglesia: “comencé a suplicar a Su Majestad por la Iglesia” (V 40,12). Había contemplado la Iglesia triunfante (V 38,1), sabía de la Iglesia purgante (V 32,6), pero ella está aún en la militante (V 40,20). Y en esta Iglesia militante “habrá muchos mártires” (V 40,13), porque “han de defender la fe” (V 40,14) “en tan gran necesidad como ahora tiene la Iglesia” (V 40,15). Y ella se identifica con esa causa. Causa que elevará, en Camino, a razón de existencia de su familia carismática, servir a la Iglesia. Por ello, aquí, exclama: “¡Dichosas vidas que en esto (=en servicio de la Iglesia), se acabaren!” (V 40,15).

ULTIMA PALABRA:

Todo el “Libro de la Vida” de Teresa es como una clara comunicación de su experiencia de Dios, de Cristo, de la Iglesia y de tantos otros valores humanos vividos y experimentados por ella.  Comunica sus esfuerzos por empezar a caminar. También sus esfuerzos por mantener el paso. Y, finalmente, sus esfuerzos por perseverar en el amor recibido. Nada le resulta fácil. Pero todo le es posible en la medida de la gracia recibida, que la envuelve y desborda. Se trata, pues, de una existencia teológica, cuya comprensión genera una visión nueva de la vida espiritual: descubrir el proyecto de Dios yendo más allá de las teorías de los teólogos espirituales.

El “Libro de la Vida” de Teresa testimonia una experiencia spiritual: existe la narración, existe la palabra profética, encontramos también la enseñanza sapiencial y nos encontramos constantemente con las oraciones mistagógicas. Pero, a la vez, suscita una experiencia espiritual: a partir del misterio de la presencia y ausencia, con todo lo que comporta el acto de la escucha de la que brotan palabras luminosas y eficaces. Se trata de un libro típico de experiencia cristiana: una teología narrativa. Se trata de un regalo al lector para que el lector entienda, a su vez, el dato esencial: la gracia cristiana, -presencia y acción personal de Dios-, que salva y transfigura la vida humana, la cambia, le infunde un dinamismo característico de la dinámica al servicio de la Iglesia. No se trata, pues, de un pietismo devocional, sino de una transformación de la persona, de sus obras y de su incidencia en la vida de la Iglesia.

El “Libro de la Vida” no es ni un libro de sentencias abstractas, ni una “Summa theologica”, sino más bien el testimonio escrito de una fe vivida como respuesta a la llamada divina. La posibilidad de enganchar con este testimonio espiritual existe solamente a través del acto de la escucha de esa palabra escrita. Leer, meditar, actualizar el “Libro de la Vida” no significa solamente interpretar el texto, ni la doctrina del libro, sino entrar dentro de la experiencia narrada y comunicada. A esto hemos de añadir la necesidad de entrar también dentro del valor de una vida, la de Teresa, marcada por la verdad que el texto leído nos permite comprender para que pueda empezar a realizar su función mistagógica. No se trata de una teoría. Se trata de una historia viva narrada a partir de las situaciones concretas, que hace al testigo creíble porque viene confirmado por las obras.

Nuestro mundo de hoy, tan engreído y seguro de sí mismo, está también necesitando una ampliación de su alma, un poder respirar a doble pulmón: el creativo gracias a la ciencia, a la técnica, a los impulsos de la inteligencia humana… pero sin olvidar el otro, el de la gratuidad, el del amor infinito del Dios Creador, el de lo divino e infinito de una existencia llamada a la comunión con el mismo Dios.

Que el hombre sea capaz de realizar obras maravillosas, lo estamos constatando día a día. Y es bueno reconocerlo, apoyarlo, agradecerlo. Nos falta, sin embargo, llegar al convencimiento de que es posible, en este mundo, llegar a ser santos en el diálogo y comunión con Dios, como lo fue Teresa, en su tiempo, y como nos lo ha dejado narrado en el impresionante “Libro de la Vida”. ¿Qué no habría hecho Teresa, en su tiempo, de haber podido gozar de todas las posibilidades del nuestro? ¿Por qué, pues, nosotros, no lo aprovechamos para, a la vez, vivir como ella el “sueño de su vida” (V 40,22)[20]?.

La última etapa de la mistagogía es, pues, la “entrada definitiva en la luz”. La luz de Cristo, con el canto del “Exultet”. La luz de Dios, con la fidelidad a su designio y proyecto de amor. La luz de la Iglesia, con la comunión de vida en el Sacramento universal de salvación. Y la luz de la propia vida, que descubre el designio de salvación divino en el concretarse del vivir cotidiano para gloria y alabanza de la Trinidad. Es el testimonio del poder de Dios, que desborda todos nuestros pequeños o grandes límites humanos. Recuperada, pues, la propia verdad, a la luz de la verdad divina, el ya miembro de pleno derecho en la comunidad que vive la vida resucitada en Cristo, vive, como dice San Pablo, la verdad de la vida verdadera en Cristo. “Vivo yo, mas no yo es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Quizás, por eso, el testimonio de la vida de Teresa, hecha mistagogía, puede parecer un “sueño”. El sueño de Dios hecho realidad y concreción en el cotidiano de su vivir. La “luz de la vida” da otra dimensión a la vida misma. La “luz de Dios” ayuda a entender mejor la verdad de la creatura.

En el nº 21 del capítulo 40 del “Libro de la Vida”, Teresa afirma:”Y así me parece que nunca me vi en pena después que estoy determinada a servir con todas mis fuerzas a este Señor y consolador mío” (V 40,21). Y lo explica: “Y así ahora no me parece hay para qué vivir sino para esto, y lo que más de voluntad pido a Dios” (V 40,21). “Miro como desde lo alto, y dáseme ya bien poco de que digan, ni se sepa. En más tendría se aprovechase un tantito un alma, que todo lo que de mí se puede decir. Que después que estoy aquí, ha sido el Señor servido que todos mis deseos paren en esto: y hame dado una manera de sueño en la vida, que casi siempre me parece estoy soñando lo que veo; ni contento ni pena, que sea mucha, no la veo en mí. Si alguna me dan algunas cosas, pasa con tanta brevedad, que yo me maravillo, y deja el sentimiento como una cosa que soñó” (V 40,22).

Los teólogos, comentando en el Tratado de la Creación el acto creador de Dios, avanzan muy diversas teorías. Una de ellas es la del “sueño de Dios”[21]. Dios crea a su imagen, para la libertad y la gran dignidad de toda persona humana, para realizar su vocación en el tiempo y volver a su seno para la comunión eterna. ¿Sería también este el “sueño” de Teresa? Ha vivido su existencia en la búsqueda de la verdad de Teresa y la verdad de Dios. Ha luchado con tesón por ser libre en su gran dignidad de mujer, pese a las circunstancias de su tiempo. Ha tratado de realizar su vocación en la fidelidad al proyecto de Dios para ella. Y ahora, entiende que todo ha sido como un sueño” vivido en la presencia, diálogo y compañía de su Dios. Teresa concluye sus afirmaciones, en el “Libro de la Vida”, diciendo: “Y esto es entera verdad, que, aunque después yo quiera holgarme de aquel contento o pesarme de aquella pena, no es en mi mano, sino como lo sería a una persona discreta tener pena o gloria de un sueño que soñó. Porque ya mi alma la despertó el Señor de aquello que, por no estar yo mortificada ni muerta a las cosas del mundo, me había hecho sentimiento, y no quiere Su Majestad que se torne a cegar” (V 40,22)[22].

NOTAS:

[1] Podríamos llamarlas “fundadoras internas”. Sus nombres son: Antonia del Espíritu Santo, María de la Cruz, Úrsula de los Santos y María de San José.
[2] Cfr. MHCT 1,pp. 9.22.39.
[3] En el Libro de las Moradas, Teresa< escribirá: “Todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a oración y contemplación, porque este es nuestro principio, de esta casta veniomos, de aquellos santos padres nuestros del Monte Carmelo…” (5M 1,2).
[4] Cfr. TOMÁS ÁLVAREZ, Carisma teresiano, in Diccionario de Santa Teresa, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2006, p. 124.
[5] “El estilo de hermandad y recreación que llevamos juntas” (F. 13,5)
[6] Cfr. TOMÁS ÁLVAREZ, Carisma teresiano, in Diccionario de Santa Teresa, E. Monte Carmelo, Burgos 2006, pp. 124-125.
[7] “Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo…. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba tan abrasada en amor grande de Dios” (V 29,13).
[8] “Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ya muchas de las mercedes que he dicho y otras muy grandes, estando un día en oración me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que ….” (V 32,1ss).
[9] “Estando en estos mismos días, el de Nuestra Señora de la Asunción, en un monasterio de la orden del glorioso Santo Domingo, estaba considerando los muchos pecados que en tiempos pasados había en aquella casa confesado y cosas de mi ruin vida. Vínome un arrobamiento tan grande, que casi me sacó de mí. Sentème, y aun paréceme que no pude ver alzar ni oír misa, que después quedé con escrúpulo de esto. Parecióme, estando así, que me veía vestir una ropa de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién me la vestía. Después vi a Nuestra Señora… que me vestía aquella ropa. Dióseme a entender que estaba ya limpia de mis pecados.” (V 33,14).
[10] “Un día de la Asunción de la Reina de los Angeles y Señora nuestra, me quiso el Señor hacer esta merced que en un arrobamiento se me representó su subida al cielo, y la alegría y solemnidad con que fue recibida y el lugar adonde está. Decir cómo fue esto, yo no sabría” (V 39,26).
[11] “Estuve así bien poco, y vínome un arrobamiento de espíritu con tanto ímpetu que no hubo poder resistir. Parecíame estar metida en el cielo, y las primeras personas que allá vi fue a mi padre y madrer y tan grandes cosas …” (V 38,1). “Como llegué a la iglesia, diome un arrobamiento grande: parecióme vi abrir los cielos, no una entrada como otras veces he visto. Representóseme el trono que dije a vuestra merced he visto otras veces, y otro encima de él, adonde por una noticia que no sé decir, aunque no lo ví, entendí estar la Divinidad” (V 39,22).
[12] “Estaba un día, víspera del Espíritu Santo, después de misa … parecióme, por la bondad de Dios, que no dejaba de estar conmigo, a lo que yo podía entender…. Estando en esto, veo sobre mi cabeza una paloma, bien diferente de las de acá, porque no tenía estas plumas, sino las alas de unas conchicas que echaban de sí gran resplandor…” (V 38, 9-10).
[13] “Desde a un poco, fue tan arrebatado mi espíritu, que casi me pareció estaba del todo fuera del cuerpo; al menos no se entiende que se vive en él.  Vi a la Humanidad sacratísima con más excesiva gloria que jamás la había visto. Representóseme por una noticia admirable y clara estar metido en los pechos del Padre. Esto no sabré yo decir cómo es, porque sin ver me pareció me vi presente de aquella Divinidad” (V 38,17).
[14] “Otra vez me acaeció así otra cosa que me espantó muy mucho. Estaba en una parte adonde se murió cierta persona que había vivido harto mal, según supe, y muchos años; mas había dos que tenía enfermedad y en algunas cosas parece estaba con enmienda. Murió sin confesión, mas, con todo esto, no me parecía a mí que se había de condenar. Estando amortajando el cuerpo, vi muchos demonios tomar aquel cuerpo, y parecía que jugaban con él, y hcían también justicias en él, que a mi me puso gran pavor, que con garfios grandes le traían de uno en otro” (V 38,24).
[15] “Llegando una vez a comulgar, vi dos demonios con los ojos del alma, más claro que con los del cuerpo, con muy abominable figura. Paréceme que los cuernos rodeaban la garganta del pobre sacerdote, y vi a mi Señor con la majestad que tengo dicha puesta en aquellas manos, en la Forma que me iba a dar, que se veía claro ser ofendedoras suyas, y entendí estar aquel alma en pecado mortal” (V 38,23)
[16] “Estando pidiendo esto al Señor lo mejor que yo podía, parecióme salía del profundo de la tierra a mi lado derecho, y vile subir al cielo con grandísima alegría” (V 38,27).
[17] “Estando yo una vez importunando al Señor mucho porque diese vista a una persona que yo tenía obligación; … y díjome que quien aquello había pasado por mí, que no dudase sino que mejor haría lo que le pidiese; que Él me prometía que ninguna cosa le pidiese que no la hiciese, que ya sabía Él que yo no pediría sino conforme a su gloria, y que así haría esto que ahora pedía…” (V 39,1)
[18] “Vime estando en oración en un gran campo a solas. En rededor de mí muchas gentes en diferentes maneras que me tenían rodeada. Todas me parece tenían armas en las manos para ofenderme: unas, lanzas; otras, espadas; otras, dagas y otras, estoques muy largos. En fin, yo no podía salir por ninguna parte sin que me pusiese a peligro de muerte, y sola, sin persona que hallase de mi parte. Estando mi espíritu en esta aflicción, que no sabía qué me hacer, alcé los ojos al cielo, y vi a Cristo, no en el cielo, sino bien alto de mi en el aire, que tendía la mano hacia mí, y desde allí me favorecía de manera que yo no temía toda la otra gente, ni ellos, aunque querían, me podían hacer daño” (V 39,17).
[19] “Estando una vez rezando el salmo de Quicumque vult, se me dio a entender la manera cómo era un solo Dios y tres Personas tan claro, que yo me espanté y consolé mucho. Hízome grandísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus maravillas, y para cuando pienso o se trata de la Santísima Trinidad, parece entiendo cómo puede ser, y esme mucho contento” (V 39,25).
[20] “Que después que estoy aquí, ha sido el Señor servido que todos mis deseos paren en esto; y hame dado una manera de sueño en la vida, que casi siempre me parece estoy soñando lo que veo; ni contento ni pena, que sea mucha, no la veo en mí. Si alguna me dan algunas veces, pasa con tanta brevedad, que yo me maravillo, y deja el sentimiento como una cosa que soñó” (V 40,22).
[21] ANDREA RICCARDI, Uomo e donna sogno di Dio, Ed. Paoline, Roma 2009.
[22] Esta misma sensación la había ya vivido y manifestado anteriormente en el “Libro de la Vida”. Por ejemplo cuando dice: “Parece que sueño lo que veo, y no querría ver sino enfermos de este mal que estoy yo ahora” (V 16,6). O, también: “Todo me parece sueño lo que veo, y que es burla, con los ojos del cuerpo. Lo que he visto con los ojos del alma es lo que ella desea, y como se ve lejos, este es el morir” (V 38,7).

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