26.12.11


Dimensión Mistagógica del "Libro de la Vida"
de Santa Teresa de Jesús
Una lectura posible
Autor: Aniano Álvarez Suárez, ocd.

Ficha Nº 15
Parte 03 de 04

Viene de la Ficha Nº 14, continuación...

·         y con el agua de la lluvia [1] (V 18-19). Se trata del cuarto modo de regar el huerto con el agua de la lluvia que, pacífica y abundantemente, desciende del cielo. Aquí ya no hay trabajo por parte del jardinero. Solamente se vive el gozo providencial de la lluvia y la contemplación extasiada de la lozanía del jardín, nunca antes tan bellamente florecido.
Se trata, pues, de una experiencia tan particular de Dios que desemboca en el impresionante florecer de todas las virtudes (V 18). La Santa aprovecha para describir la “irrupción de la comunicación de Dios” tan imperiosamente que lleva al alma al “rapto”[2], es decir, causa la enajenación de los sentidos, para que la acción divina actúe con mayor libertad (V 19-21). Y esta es la oración que Teresa llama “oración de unión”, y que llega sorpresivamente (V 18,9). El alma es consciente de vivir aún en la tierra, pero sin embargo se encuentra como muerta.   (Continúa donde dice: "Más información"...)

En este momento de la “oración de unión”, el jardinero ya no tiene nada que hacer. Aquí es ya Dios quien lo hace todo y quien se comunica, habla. Los sentidos se encuentran absortos en el gozo inmenso en que se encuentran: y gozan tanto el cuerpo como el alma. En esta experiencia no hay posibilidad de ocuparse de nada más. La delicia que se experimenta es inmensa y no describible. Se trata de eso, de la “oración de unión”: el alma y el espíritu son una sola cosa.

Teresa, sin embargo, puntualiza: esta gracia podría parecer que cierra ya todas las posibles posibilidades. No hay más. Y, sin embargo, Teresa afirma que esta gracia es concedida para que se comunique a los demás. Todo don de Dios es para la edificación y consolidación de los miembros vivos de la Iglesia. Y esto el alma lo entiende “no entendiendo cómo entiende” (V 18,14).

Los efectos de esta oración, Teresa los presenta en el capítulo 19. Y habla de “lágrimas de alegría” (V 19,1)[3], de “valor y coraje” (V 19,2)[4], de la comprensión de la propia vida a la luz de la misericordia de Dios (V 19,5)[5], la sola existencia del alma, favorecida de este modo de vivir en Dios, es ya un servicio benévolo a los demás. Y ella sabe que la cruz en su vida seguirá siendo condición previa indispensable. Sobre todo para poder seguir superando la acción callada, pero abiertamente  o intencionada del demonio, que sigue actuando[6]. Por ello, Teresa insistirá en no dejar la oración (V 19,4.15). porque, a pesar de las posibles caídas, “primero me cansé yo de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme” (V 19,15).

Los efectos de la oración de unión[7], Teresa los describe en el capítulo 20 del “Libro de la Vida”. Un fruto especial para el alma es el de una profunda “humildad” que, a la vez, la produce una gran pena, tormento y soledad. Y, a pesar de que el alma ya no quiere hacer otra cosa que la voluntad de Dios, se descubre con un gran deseo de morir, con una sincera compasión por cuantos viven aún en las tinieblas del pecado (V 20,28-29), y percibe cuánto sea absurdo dedicar la vida al dinero o a los placeres[8].

La celebración

Toda esta catequesis sobre la oración, apoyada en la experiencia personal de Teresa, le sirve para presentar las consecuencias de la oración. Dios, en su inmenso poder, actúa sus maravillas cuando quiere, como quiere y en quien quiere. Pero Teresa es consciente que ciertas gracias de Dios necesitan una preparación previa. Porque necesitan ser comprendidas en toda su dimensión. Y, aún así, el Señor se manifiesta para el bien de todos y para la gloria eterna. Y es curioso constatar esta dinámica en el “Libro de la Vida” de Santa Teresa. Ha dicho ya a sus “confesores”, “censores”, -y que se están convirtiendo en discípulos-, donde está la fuente de la vida espiritual: el hijo de Dios, por el bautismo, manifiesta su filiación cuando, de corazón, pronuncia la palabra “Padre”; cuando se siente hermano en el Hermano Cristo; cuando se deja transformar por la acción misteriosa del Espíritu. Todo ello, le ayudará a “gritar con palabras silenciosas “Abba-Padre” ( Rom. 8,15): Será la vida, las palabras de la vida encarnadas en las obras que son el testimonio más claro del poder de Dios en el hombre. Cierto que la iniciativa es de Dios. Pero no menos cierto es que Dios quiere, desea y busca la colaboración del hombre. Y ahora Teresa, en el recuento de su “desbaratada vida” siente la necesidad de gritar las obras de Dios en ella. Y lo hará con la sencillez de una mistagogía encarnada del misterio salvífico operado en ella. Acerquémonos a la lógica de Teresa al presentarnos la progresiva manifestación en ella de los misterios que encarnan la obra salvífica de Dios en la Iglesia:

a.- iniciación y configuración de la experiencia con Cristo.  El misterio de Dios es uno de los posibles dones de Dios mismo a las almas dispuestas a acogerlo. En esa maravillosa aventura hacia la comunión plena y la fidelidad total al amor de Dios, Dios mismo va disponiendo el alma. Y, al igual que el enamorado, antes de llegar el momento de la entrega total de sí mismo, regala y obsequia con tantos dones a su amada como expresión y anticipación de su anhelada entrega en la fidelidad, así el Señor se va comportando también con Teresa. La oración constituye la base  de su experiencia progresiva del conocimiento de Dios y que se ha propuesto, cual extraordinaria mistagoga, comunicarla y contagiarla a los demás. Y lo hará narrando toda esa misteriosa acción de Dios a través de las gracias místicas vividas. Nos hablará de los raptos (20,23; 21,8), del éxtasis (20,24; 16,3; 18,21-24), de la levitación (V 20,4.7), del vuelo del espíritu (20,1;20,24)[9], etc. Pero todo ello, no como finalidad: será el principio de dones divinos más extraordinarios.

A pesar del embarazo que le produce el hablar de todo ese mundo[10], lo hace para afirmar que la persona no es dueña ni del cuerpo ni del alma y que debe considerarse extraña al mundo (V 20,8). Pero también subraya el hecho, que le produce increíbles sufrimientos, de que no es capaz aún de considerarse perteneciente en plenitud al cielo (V 20,11). Todo esto le sirve para apuntalar aún más la virtud de la humildad y preparar las potencias para la experiencia de la oración como “sueño de las potencias” (V 20,18). Como fruto de toda esta experiencia nace en el alma el “gran deseo de morir”, aunque siempre dentro del querer de Dios (V 20,22): siente una gran compasión por quienes viven aún en las tinieblas del pecado, aunque es consciente de sus imperfecciones (V 20-2829) y de lo absurdo que sería entregar su vida en la dinámica  del poder (dinero) o de los placeres.

Por eso, en el capítulo 21 presentará el ideal de una vida absolutamente transparente[11]. Sin miedo a perder ni la vida ni el honor, siempre por el amor de Dios (V 21,1). Sin tener miedo a decir siempre la verdad también ante quien ostenta la autoridad, pues es consciente de que, en las manos de Dios, será capaz de llevar a la práctica todos los deseos de servicio que vive en la oración (V 21,5). No obstante, experimenta un dolor grande al descubrir que hay personas insensibles ante la grandeza y la belleza de una vida cristiana en plenitud. Por ello siente la necesidad interior de tratar con personas que tengan sus mismos deseos[12]. Un alma que ha llegado a vivir esta experiencia podrá compartir con todo tipo de personas, incluso las más disipadas y viciosas, sacando mucho provecho (V 21,11). “Aquí son las verdaderas revelaciones en este éxtasis y las grandes mercedes y visiones, y todo aprovecha para humillar y fortalecer el alma y que tenga en menos las cosas de esta vida y conozca más claro las grandezas del premio que el Señor tiene aparejado a los que le sirven” (V 21,12).

En el capítulo 22, Teresa  presenta una determinada e incontrastable defensa acerca de la importancia del contemplar la “Humanidad de Cristo”, incluso en los más altos grados de la vida mística. Lo hace en contraste con los teólogos del tiempo, dependientes de determinadas concepciones de la mística demasiado teóricas e intelectuales. Este capítulo 22 necesita ser completado con los capítulos 27 y 28 del mismo “Libro de la Vida”. Teresa piensa que sólo por dos motivos se puede rechazar el servirse de la Humanidad de Cristo en la oración.

Uno, Teresa, piensa que podría suponer una cierta forma de soberbia no aceptar la contemplación de la Humanidad de Jesús. “Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita. Muy muy muchas veces lo he visto por experiencia. Hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos” (V 22,6). Y Teresa continúa afirmando que la Humanidad de Cristo desaparecerá sólo en el “sueño de las potencias”. Y que esto es obra de Dios. Y que nosotros no deberíamos ignorarla por iniciativa propia.

Otro, Teresa está convencida de que “nosotros no somos ángeles, sino tenemos cuerpo. Querernos hacer ángeles estando en la tierra -y tan en la tierra como yo estaba- es desatino” (V 22,10). Teresa nos exhorta a permanecer “abrazado con la cruz, es gran cosa” (V 22,10). “Otros irán -como he dicho- por otro atajo” (V 22,11). Pero tenemos que tener presente que el abandonar los placeres terrenos no es ni la única ni la máxima expresión de la ascesis: es más importante sufrir por amor de Cristo, que ha tanto sufrido por nosotros; las cruces nos llegan a través de las pruebas y de la aridez. “También me parece que anda Su Majestad a probar quién le quiere, si no uno, sino otro, descubriendo quien es con deleite tan soberano, por avivar la fe -si está muerta- de lo que nos ha de dar, diciendo: ‘Mirad que esto es una gota del mar grandísimo de bienes’, por no dejar nada por hacer con los que ama, y como ve que le reciben, así da y se da. Quiere a quien le quiere. Y ¡qué bien querido! Y ¡qué buen amigo!” (V 22,17).

b.- celebración de la vida de Cristo en Teresa misma. Contemplar al Señor, acercarse a Él era su modo de orar: “Como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí, y hallábame mejor -a mi parecer- de las partes a donde le veía más solo; parecíame a mí que, estando solo y afligido, como persona necesitada me había de admitir a mí” (V 9,4).  Y recordando sus años de joven monja, revela su amor por la imagen del Señor que hacía pintar en muchos lugares (V 7,2). Era como una necesidad del corazón: y Teresa nos explica el por qué de este amor suyo por las imágenes. “Tenía tan poca habilidad para con el entendimiento representar cosas … Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre; mas es así que jamás le pude representar en mí -por más que leía de su hermosura y veía imágenes-, sino como quien está ciego a oscuras, que, aunque habla con una persona y ve que está con ella (porque sabe cierto que está allí, digo que entiende y cree que está allí), mas no la ve. De esta manera acaecía a mí cuando pensaba en nuestro Señor; por esta causa era tan amiga de imágenes” (V 9,6). Y, con tanta sencillez y humildad, Teresa nos abre su corazón con estas palabras: “Había sido yo tan devota toda mi vida de Cristo …; quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e imagen, ya que no podía traerle tan esculpido en mi alma como yo quisiera” (V 22,4).

La búsqueda teresiana de Cristo pasó por el crisol de una crisis compleja. Fue una crisis de la oración y una crisis de la vida religiosa, que Teresa nos cuenta con acentos dramáticos en el capítulo 7 de la Vida. Pero, sobre todo, parece que fue una crisis cristológica[13]. Se habría tratado de un enfriamiento temporal frente a Cristo y su humanidad. Y fue por vía de las imágenes que aquella búsqueda de Cristo se abrirá a un camino de conversión, en el que Cristo mismo con su imagen viva y su rostro luminoso vendrá a buscar a Teresa.

Dos textos autobiográficos son suficientes para ilustrar esta condescendencia divina de Cristo. La primera escena nos lleva al locutorio de Ávila, tras la narración de la pérdida de tiempo en vanas conversaciones. Teresa ve, por primera vez, a Cristo, o lo imagina; sea como fuere, queda impresionada por una curiosa revelación de aquel Jesús que sabe también mostrar su rostro severo. Así sucedió con Teresa, como ella nos narra: “Pues comenzando yo a tratar esas conversaciones …, estando con una persona, bien al principio de conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme y darme en tan gran ceguera. Representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que de aquello le pesaba. Víle con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan impreso que hace de esto más de veinte y seis años, y me parece lo tengo presente” (V 7,6)[14].

A este aviso del Señor seguirá bien pronto su conversión. Y es esta la segunda escena a la que me refería antes: “Acaecióme que entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado, y tan devota, que en mirándola, toda me turbó de verla tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y me arrojé junto a él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle” (V 9,1). Fue, pues, la contemplación del rostro de Cristo la que produjo un cambio definitivo en la vida de Teresa. Y este cambio será caracterizado por la visión del Señor que viene ahora al encuentro de Teresa, haciéndole ver su rostro glorioso y luminoso.

Hasta este momento prevaleció, en el itinerario que  Santa Teresa trata de comunicarnos, la búsqueda personal de Cristo. Con la conversión, sin embargo, se inicia una nueva etapa en la que prevalece la gracia de Cristo que sale a su encuentro: es Él quien toma personalmente la iniciativa de hacerse presente a Sí mismo. Y lo primero que se da es la revelación de Cristo como libro vivo y maestro del que Teresa se convierte en discípula aventajada. Cuando en 1559 la Inquisición censuró muchos libros en lengua vulgar, entre los cuales estaba también la Biblia, Jesús le hizo oír estas significativas palabras: “No te aflijas porque yo te daré un libro vivo” (V 26,5). Los efectos fueron notorios: “Ha tenido tanto amor el Señor conmigo para enseñarme de muchas maneras que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros. Su Majestad ha sido el libro verdadero donde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro, que deja impreso lo que se ha de leer y hacer de manera que no se puede olvidar!” (V 26,5). Es la revelación del Verbo encarnado, Palabra definitiva del Padre, o del Cristo Maestro, que instruye secretamente a sus discípulos antes y después de la Resurrección.

Sigue la revelación de la presencia. Una revelación de Cristo que se realiza progresivamente. Acontece en una fiesta de San Pedro: “Estando un día en oración, ví junto a mí, o sentí, por mejor decir … que estaba junto a mí Cristo … Parecíame andar siempre a mi lado Jesucristo … Sentía que estaba siempre al lado derecho, y que era testigo de todo lo que yo hacía” (V 27,2). Aunque le costó explicárselo al Confesor, para Teresa era una realidad de admirable certeza. Sentía tener junto a sí no sólo la presencia de Dios, sino la de Jesucristo en persona, el Hijo de la Virgen María (cfr. V 27,4).

Tenemos, también, la revelación de Cristo como luz[15]. Finalmente, Teresa entra en la plena experiencia de la revelación de Jesús como luz. Se cumple progresivamente. Como si el Señor quisiera adecuarse a la capacidad de Teresa. De hecho, el Señor no se muestra sino poco a poco. Primero le muestra las manos, después el rostro en el esplendor de la resurrección: “Un día de San Pablo, estando en Misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad … Solo digo que cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria, ¿Qué será adonde del todo se goza tal bien?” (V 28,3).

Se trata todavía de la progresiva manifestación de Cristo como rostro luminoso, cuerpo glorioso, revelador del amor del Padre. Es una primera clara visión que la deja asombrada, pero que la sumerge en un estado de profundo gozo por la manifestación del cuerpo de gloria del Señor. Sigue una espléndida visión de Cristo como rostro de luz. Se trata de una visión que se repite, y cuyos particulares describe Teresa con dificultad, pero donde abunda el tema de la luz, la visión tabórica del Cristo que es “Luz de Luz”: “Es una luz que no deslumbra, un candor lleno de suavidad, un esplendor infuso que encanta deliciosamente la vista sin cansarla … Es una luz tan diversa de la nuestra que la del sol en comparación suya parece muy deslucida, tanto que después no se querría ni siquiera abrir los ojos … Es una luz sin ocaso que nada puede turbar porque es eterna, de tal alcance ninguno podría imaginarla ni aunque fuese de grandísimo ingenio y pensase en ello toda su vida” (cfr. V 28,4-5).

No es extraño que Teresa hable de la Sacratísima Humanidad  como “la más hermosa y de mayor deleite que podría una persona imaginar” (V 28,5). Y es que el que se manifiesta a Teresa es el Cristo de la gloria, con un resplandor semejante al que Pablo percibió en el Camino a Damasco, pero siempre el Cristo Resucitado, verdadero Dios y verdadero hombre: “No hombre muerto, sino Cristo vivo y da a entender que es hombre y Dios, no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tan gran majestad que no hay quien pueda dudar que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan Señor de aquella posada que parece, toda deshecha el alma, se ve consumir en Cristo” (V 28,8).

Santa Teresa se refiere al poder y a la belleza y hermosura de Cristo. En la experiencia mística de Teresa, el hecho más persistente, más determinante y documentado, es la fascinación que en ella produce la Humanidad gloriosa de Jesús[16]. Hermosura que es pura delicia[17]. El sumo asombro de ella se inicia con las primeras visiones[18]. El efluvio de esa belleza del Señor es tal, que sin la mediación de “un arrobamiento o éxtasis… sería imposible sufrirla ningún sujeto” (V 28,9). Lo que permanece impreso en su alma es el poder de la Humanidad Sacratísima y la belleza de su Señor. “Tan impresa queda aquella majestad y hermosura que no hay poderlo olvidar, si no es cuando quiere el Señor que padezca el alma una sequedad y soledad grande” (V 28,9)[19].

Teresa nos ofrece también una particular experiencia suya, la de mirar y ser mirada por Cristo, más allá de toda vana curiosidad: “Con ver que me estaba hablando y yo mirando aquella gran hermosura, y la suavidad con que habla aquellas palabras por aquella hermosísima y divina boca y otras veces con rigor, y desear yo en extremo conocer el color de sus ojos y del tamaño que era para que lo supiese decir, jamás lo he merecido ver, ni me basta procurarlo, antes se me pierde la visión del todo. Bien que algunas veces veo mirarme con piedad, mas tiene tanta fuerza esta vista que el alma no la puede sufrir queda en tan subido arrobamiento que para más gozarlo todo pierde esta hermosa vista” (V 29,2).

Hermosura, es la palabra con que Teresa se refiere al rostro de Cristo y a su Sacratísima Humanidad. Imposible imaginarla. Es Dios quien la debe revelar: “¿Cómo podríamos representar con estudio la Humanidad de Cristo y ordenando con imaginación su gran hermosura? Y no era menester poco tiempo si en algo se había de parecer a ella” (V 29,1). Belleza, majestad, pero también condescendencia. “Comenzóme mucho mayor amor y confianza en este Señor en viéndole, como quien tenía conversación tan continua. Veía que, aunque era Dios, que era Hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura, sujeta a muchas caídas por el primer pecado que Él había venido a reparar. Puedo tratar como con amigo, aunque es el Señor” (V 37,4-6).

Tras esta fascinación de la belleza y hermosura de Cristo, llega, también como consecuencia, y poco a poco, la revelación de Cristo en la plenitud de sus misterios. La revelación se vuelve presencia continua, convivencia, comunión con el Resucitado. Cristo es testigo silencioso de todo su vivir y obrar. En el Cristo glorioso ve como marcados en su misma carne, carne glorificada, los misterios de su bienaventurada pasión: “Casi siempre se me representaba el Señor así resucitado, y en la Hostia lo mismo, si no eran algunas veces para esforzarme si estaba en tribulación que me mostraba las llagas, algunas veces en la cruz y en el huerto, y con la corona de espinas pocas, y llevando la cruz también algunas veces, para, como digo, necesidades mías y de otras personas, mas siempre la carne glorificada” (V 29,3).

Quizás la revelación más desconcertante, la que refleja más el amor de Dios es la que se manifiesta en la presencia de la imagen de Cristo en nosotros. “Estando una vez en las Horas con todas, de presto se recogió mi alma y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas ni lados ni alto ni bajo que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo nuestro Señor como lo suelo ver. Parecíamos en todas las partes de mi alma le veía claro como un espejo, yo no sé decir cómo se esculpía todo en el mismo Señor por una comunicación que yo no sabré decir, muy amoroso” (V 40,5).

Notas:


[1] “o con llover mucho que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho” (V 11,7).
[2] “quedar aquí el alma señora de todo y con libertad en una hora y menos, que ella no se puede conocer. Bien ve que no es suyo, ni sabe cómo se le dio tanto bien, mas entiende claro el grandísimo provecho que cada rapto de estos trae” (V 20,23).
[3] “Queda el alma de esta oración y unión … que se quería deshacer …de unas lágrimas gozosas” (V 19,1). “Con estas lágrimas que aquí lloro … parece que os hago paga de tantas traiciones” (V 19,6). “Importunando al Señor con lágrimas muchas veces, era tan ruin, que no me podía valer” (V 19,12).
[4] “queda el alma animosa, a que si en aquel punto la hiciesen pedazos por Dios, le sería de gran consuelo. Allí son las promesas y determinaciones heroicas, la viveza de los deseos …” (V 19,2).
[5] “¿quién, Señor de mi alma, no se ha de espantar de misericordia tan grande y merced tan crecida a traición tan fea y abominable?” (V 19,5).
[6] “Digo que no desmaye nadie de los que han comenzado a tener oración, con decir: ‘si torno a ser malo, es peor ir adelante con el ejercicio de ella’. Yo lo creo, si se deja la oración y no se enmienda del mal; mas, si no la deja, crea que la sacará a puerto de luz. Hízome en esto gran batería el demonio, y pasé tanto en parecerme poca humildad tenerla, siendo tan ruin … Y no fuera más, ni fue, que meterme yo misma sin haber menester de demonios que me hiciesen ir al infierno” (V 19,4).
[7] Raptos, éxtasis, levitaciones, vuelo de espíritu, etc…
[8] “Así se gana la verdadera humildad, para no se le dar nada de decir bienes de sí, ni que lo digan otros. Reparte el Señor del huerto la fruta y no ella,  y así no se le pega nada a las manos. Todo el bien que tiene va guiado a Dios. Si algo dice de sí, es para su gloria. Sabe que no tiene nada él (el hortelano) allí y aunque quiera, no puede ignorarlo, porque lo ve por vista de ojos, que, mal que le pese, se los hacen cerrar a las cosas del mundo, y que los tengan abiertos para entender verdades” (V 20,29).
[9] “Entiendese claro es vuelo el que da el espíritu para levantarse de todo lo criado, y de sí mismo el primero; mas es vuelo suave, es vuelo deleitoso, vuelo sin ruido” (V 20,24)..
[10] “Y así, cuando me comenzaron estos grandes recogimientos o arrobamientos a no poder resistirlos aun en público, quedaba yo después tan corrida, que no quisiera parecer adonde nadie me viera” (V 31,12), “Pesadumbre y vergüenza solía tener cuando trataba estas cosas de espíritu” (V 34,7).
[11] “Pues acabando en lo que iba, digo que no ha menester aquí consentimiento de esta alma; ya se lo tiene dado, y sabe que con voluntad se entregó en sus manos y que no le puede engañar, porque es sabedor de todo. No es como acá, que está toda la vida llena de engaños y dobleces: cuando pensáis tenéis una voluntad ganada, según lo que os muestra, venís a entender que todo es mentira. No hay ya quien viva en tanto tráfago, en especial si hay algún poco de interés” (V 21,1)
[12] “Paréceme que quien me da algún alivio y con quien descanso de tratar, son las personas que hallo de estos deseos; digo deseos con obras” (V 21,7).
[13]  El P. Tomás Álvarez, escribe: “En el plano práctico, también ella fue víctima de esa doctrina. Apenas iniciada en cierta experiencia contemplativa y mística, se propuso dejar de lado el recurso a la Humanidad de Cristo. Pero el intento le duró breve tiempo. Porque rápidamente se le produjo una fuerte sensación de vacío y desamparo. Y no sólo regresó con ardor a su precedente apoyo en el Jesús del Evangelio. Sino que comprobó que por ese conducto de la Humanidad de Jesús le llegarían las más altas gracias de su vida mística. De suerte que ahora, cuando escribe y recuerda ese episodio, se sonroja o se horroriza de que en algún tiempo haya sucumbido a semejante doctrina: ‘¿de dónde me vivnieron a mí todos los bienes sino de Vos? No quiero pensar que en esto tuve culpa, porque me lastimo mucho, que cierto era ignorancia, y así quisisteis Vos, por vuestra bondad, remediarla con darme quien me sacase de este yerro y después con que os viese yo tantas veces …  para que más entendiese cuán grande (yerro) era, y que lo dijese a muchas personas que lo he dicho …”. Cfr. TOMÁS ÁLVAREZ, Jesucristo en la vida de Teresa, in Diccionario de Santa Teresa, Ed. Monte Carmelo, Burgos 2006, pp. 372-373.
[14]  En íntima relación con cuanto acaba de relatar, y en el mismo locutorio de la Encarnación de Ávila, tiene lugar también este otro acontecimiento: “Estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros -y otras personas que estaban allí también lo vieron- una cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la ha habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco esto se me olvidó jamás” (V 7,8)
[15] “Cuando habla el Señor es palabras y obras …y enternece y da luz” (V 25,3). “Heme aquí con solas estas palabras … con una quietud y luz, que en un punto vi mi alma hecha otra” (V 25,18). “No digo que se ve sol, ni claridad, sino una luz que, sin ver la luz, alumbra el entendimiento” (V 27,3)
[16] “Hermosura que tiene en sí todas las hermosuras” (C 22,6”. “Este Señor es la cosa más hermosa que se puede imaginar” (C 26,3; cfr. 6M 7,5).
[17] “la más hermosa y de mayor deleite que podría una persona imaginar, aunque viviese mil años” (6M 9,5).
[18] “Quiso el Señor nistrarme solas las manos con tan grandísima hermosura, que no lo podría yo encarecer” (V28,1). “”Sola la hermosura y blancura de una mano es sobre toda nuestra imaginación” (V 28,11).
[19] “De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura, y la tengo hoy día, porque para esto basta sólo una ves, ¡cuánto más tantas como el Señor me hace esta merced! … Después que ví la gran hermosura del Señor, no veía a nadie que en su comparación me pareciese bien, ni me ocupase (la memoria); que con poner un poco los ojos de la consideración en la imagen que tengo en mi alma …, todo lo que veo me parece hace asco en comparación de las excelencias y gracias que en este Señor veía … Y tengo por imposible … podérmela nadie ocupar de suerte que, con un poquito de tornarme a ocupar de este Señor, no quede libre” (V 37,4)

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